Si bien el colegio no era de mi agrado, me segurizaba saber lo que iba a hacer todos los días. El final del año escolar siempre me creaba ansiedad y una de las razones para sentirme así era por la Navidad y todo lo que implicaba: la ansiedad por los regalos, decorar la casa y los fuegos artificiales que en Argentina están permitidos.

Todos tiraban petardos, cuetes, chasky boom, que eran muy ruidosos, y yo me debatía entre las ganas de hacerlo o cubrirme las orejas. Nunca entendí porqué todos podían y yo no, si se veía tan simple. Las estrellitas o luces de bengala eran lo único que me animaba, pero quedaba petrificada viendo cómo salían miles de estrellitas una atrás de otra hasta que se me terminaba el paquete.

Luego venían las vacaciones. Mi amiga Patricia era con quien pasaba los mejores momentos, trepadas al techo de mi casa mirando estrellas, o a los árboles, o simplemente tendidas en el piso mientras yo le decía: “¿sientes cómo gira (la tierra)?”, “¿sabes lo que es la gravedad?” Ella me contaba los cuentos de Jorge Luis Borges con tanto detalle que sentía que podía estar dentro de ellos.

Patricia en esos meses de verano iba a una colonia de vacaciones del trabajo de su papá y me contaba cómo odiaba ir ahí porque estaba rodeada de niños y actividades, me sonaba divertido, no a ella que era el Grinch de las vacaciones en Mar del Plata.

Finalmente entendí a mi amiga cuando mi otra amiga Paty, una niña muy dulce y amorosa con la que jugaba los fines de semana ya que nuestras familias eran muy cercanas, empezó a vacacionar en Córdoba con nosotros. Cuando salíamos de vacaciones juntas no entendía que ella estuviera en otro lugar que no fuese en Mendoza y por eso no quería jugar con ella. Paty me perseguía por todos lados y decía ¿Por qué no quieres jugar conmigo?” y ahí venía el reto de los padres…. “juega con la niña”, “la niña está triste” y yo solo quería tener mi espacio sola. Recuerdo que habían arroyitos y me encantaba tirar al agua objetos que flotaran, barquitos de papel, hojitas, palitos, cualquier cosa que se mantuviese a flote en el agua para yo poder ver cómo se movían las corrientes, o cómo mis objetos hacían escorrentías cuando se topaban piedras o maderas y remolinos, eso me fascinaba y cuando estaba embelesada observando porque se movía el agua así, ahí estaba ella de nuevo con su lamento de por qué no podíamos ser amigas en este lugar.

Una vez descubrí que a ella le gustaba que le dijeran que era una niña muy buena y trabajadora, entonces empecé a mandarla a hacer cosas y los adultos muy previsibles le decían cosas halagadoras, lejos de ponerme celosa sentía que eran mis momentos de libertad.

En vacaciones me gustaba levantarme y dibujar, pero no quería que mi papá mostrara mis dibujos, él decía que yo lo hacía muy bien, pero no me gustaba que los mostrara. Volviendo de unas vacaciones, que es cuando se daban cuenta de la cantidad de horas que dibujaba, me llevaron a clases de pintura con una artista muy famosa que pintaba cuadros en Mendoza, y recuerdo que no quise ir más porque me decía qué pintar y qué poner y yo obviamente no quería, me gustaba hacer comics porque era lo que más me gustaba leer.

Cuando fui más grande en todas las clases teníamos un cuaderno, que le llamaban “borrador”, y en ese cuaderno dibujaba todas las clases. Tengo muchos borradores en que los dibujos evolucionaban de paisajes de montaña con ríos, comics, a formas de hojas clasificadas por especies, mapas estelares con horario de satélites, planos de casa con escala y luego flores y abstracciones. Hoy me gusta pintar con acuarelas.

Las vacaciones siguen siendo un problema, no me gusta salir a lugares que no conozco, nunca me siento plenamente feliz en vacaciones, pongo empeño, uso estrategias que hacen que la pase mejor. Hace dos años viajé a Orlando, con 40 grados y yo con un suéter de polar hasta el cuello porque era lo único que me hacia sentir segura, hamacándome en un lugar precioso pensando estrategias para volver a casa: si dejaba a los chicos y me tomaba un avión, si me volvía con el más chico, o ¡si decidía que serían las últimas vacaciones de mi vida! Y justo en ese momento crítico en mi vida di con la técnica que emula “Picture Aid” de Spectrum Aid, una herramienta que me da la información que le falta a mi cerebro para estar en paz.

Y esto fue lo que hice: dibuje 3 cuadros como cuando pintaba mis cómics. En el primer cuadro dibujé el departamento donde iba a estar durante 11 días, en el segundo dibujé el parque que visitaría (el de dinosaurios en Universal) y en el tercero dibujé de nuevo el departamento donde alojaba, entendiendo que estaría ahí solo 11 días. Pero después viajaría a Miami, cuando llegué a Miami me pasó lo mismo, volví a sentir la misma ansiedad y las ganas de volver a casa antes de tiempo, por lo que tuve que repetir la técnica: dibujé el departamento de Miami en el primer cuadro, la playa en el segundo y en el tercer cuadro mi casa y ahí, cuando entendí que sí iba a volver a casa, recién pude relajarme.

No sé muy bien qué le pasa a mi cerebro que no registra que voy a volver a casa, pero la sensación cuando salgo es que jamás voy a volver y eso me genera mucha ansiedad e incerteza, y en el cuerpo se siente muy mal. Cuando voy a lugares que conozco no me pasa, creo que es un dato relevante para muchos padres en esta época que están prontos a salir de vacaciones, tener una preparación, anticiparse y también tener a la mano Picture Aid, herramienta que me ayuda a compartir actividades con otras personas.

 

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