Las papas fritas de paquete son mi comida procesada favorita, por eso las pongo junto a mi lista de comidas saludables. Cuando necesito drenar energía, el sonido crujiente y la sal me mantienen atenta y concentrada en lo que estoy haciendo. Creo que es porque además de ser deliciosas puedes encontrarlas en cualquier parte del mundo, al igual que las hamburguesas o las pizzas y las gaseosas, son alimentos que mantienen su estándar donde vayas y saben bastante parecido, y como ya deben saber, encontrar lo conocido es muy importante para nosotros en el espectro autista.

Cuando era chica mi plato favorito era el arroz blanco con vinagre de vino, uno que elaboraba mi papá mezclando restos de vino que iban quedando con la cepa madre, y eso sí que sabía delicioso. No podía comer carne, ni pollo, ni pescado porque los veía así: corriendo de mi plato y volviendo a su lugar y encontrándose con su familia de pollitos…so sad…ni cebolla porque la sentía así…

Tampoco comía nada verde, ni naranja —a menos que fuera zanahoria cruda— y menos si lo verde se parecía a esos chanchitos de tierra que se enrollan, que en Argentina llamamos bichos bolitas.

Ser y pensar visualmente me limitó el abanico de comidas que estaba dispuesta a probar, y mi papá me hacía formas de naves espaciales, aviones o pajaritos en mi plato para que comiera. A veces lograba que probara algo, pero por bendición nací en una familia de mañosos, entonces no se notaba tanto porque mi mamá nos hacía lo que nos gustaba. La fijación de mamá para que comiera carne le despertó la creatividad, como si mi sensible olfato y gusto no fueran a darse cuenta; molía los bifes en la licuadora y me ponía hasta el juguito de la carne en una cuchara porque pensaba que lo que no me gustaba era masticar… y eso era realmente peor. Llegaba a decirme que mis ojos serían verdes como los de mi hermana si probaba un alimento.

Tuve suerte de tener un papá que aclaraba mis dudas en terreno, quería saber cómo se hacía el azúcar y me llevó al norte de Argentina a la ciudad de Tucumán a un ingenio azucarero, dónde la elaboran. El olor hizo que jamás comiera azúcar por el resto de mi vida, aún lo recuerdo, y él me decía “tápese la nariz Negrita”… y así lo hacía con tal de poder ver esas máquinas,  aprendiendo de ingeniería desde muy chica. Me llevaba a las bodegas a filtrar vinos y ahí aprendí varios procesos, siempre con la nariz tapada, y si me daba miedo algo él decía “no sea miedosa dele nomás”; él era muy valiente y el miedo no era posible.

Ya de adulta, la sensibilidad sensorial en la boca es la que más problemas me trajo en los trabajos, sobre todo a la hora de almorzar.

El gerente de la empresa geotérmica en la que trabajaba me llamaba para que almorzara con mis compañeros y cada vez que en el comedor se destapaba un envase o abrían un termo me era imposible no poner cara de horror, sobre todo cuando en mi plato todo estaba estratégicamente ordenado por colores o texturas. Ellos pensaban que me gustaba la decoración (por suerte), además de pensar que era muy antipática y maleducada, hasta que la abogada me dijo, “Marcela eso no se hace” y yo no tenía la menor idea a qué se refería. Desde ese día invité a comer a algunos al parque de enfrente, espacio abierto, sin olores y los más yoguis jamás llevaban nada que oliera mal.

En 2006 me enfermé de hipotiroidismo y después de 8 años de búsqueda de terapias, encontré una mujer chilena terapeuta en comidas, me puse en contacto y empecé un protocolo de comidas sin gluten, sin metales pesados, sin azúcar ni alimentos procesados….fue duro al principio, sobre todo cuando me tocaba hacer la desintoxicación, ahí es donde más notaba que mi mejor amiga, la Cándida, hacía estragos en mi intestino y mi cerebro. Después de dos años de protocolo pude ver que no solo ayudo a mi tiroides a no seguir enfermándose, sino también a mis conexiones neuronales y a mi inflamación. Cuando vi lo que me ocurría, agradecí haber sido tan mañosa con mis hábitos de comida a los ojos del mundo, porque más que mañosa estaba escuchando lo que era bueno para mí (salvo los fideos, que eran mi segundo plato favorito).

Cuando tuve hijos siempre entendí que no podía obligarlos a comer cosas que no les gustaban porque a veces para mi algunas comidas eran como un plato de babosas, u olían muy mal.

Hoy sabemos que el gluten, azúcar, conservantes y colorantes hacen tan mal y son como una droga, porque si no los comemos nos sentimos cansados y fatigados, hasta que comprendes que tu cerebro y tu intestino de verdad funcionan mejor sin ellos. El protocolo de comidas es una herramienta más para mantenernos conectados. También hay un estudio que se llama Bioresonancia, que no es invasivo y te da un listado de tus intolerancias alimentarias, ya que somos únicos e irrepetibles. Si pudiera, hoy preferiría recorrer el camino al revés, empezando con un estudio de ese tipo o incorporando alimentos progresivamente, siguiendo una tabla cada semana para poder observar los alimentos que me inflaman, o desconectan.

Con lo anterior simplemente quiero compartir que existen protocolos que pueden ayudar a tu hijo a estar más conectado, esperamos te sirva y si te vale la alegría, ¡compártelo!

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